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La estética también cumple una función

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De las últimas tres oficinas en las que trabajé, solo una era bonita. Estaba en un edificio de la Gran Vía de Madrid, un edificio histórico de la ciudad. Por fuera encajaba perfectamente con la estética del centro de la capital, y por dentro era luminoso: suelos de madera, ventanas enormes, espacios abiertos.

¿Y las otras dos oficinas? Edificios de hormigón diseñados con poco gusto: cajas grises con luces fluorescentes en las que pasaba cuarenta horas semanales.

Los tres edificios cumplían su función perfectamente: tenían oficinas, baños, iluminación, calefacción y espacio suficiente para trabajar. Sin embargo, solo el primero cumplía una función adicional: ser agradable a la vista.

Hoy en día construimos edificios feos. Practicamos una arquitectura que, en muchos casos, parece haber renunciado por completo a la belleza. Creamos espacios que nos hacen sentir encerrados, retiramos la vida de los lugares que habitamos y basamos el diseño únicamente en la funcionalidad.

Pero olvidamos algo importante: la estética también es una función.

Este es un ejemplo claro de que un lugar puede cumplir perfectamente con su función y, al mismo tiempo, resultar agradable para quienes trabajan en él. Se trata de una depuradora en Londres. Si el empleo de limpiar excrementos humanos del agua puede tener un espacio bonito de trabajo ¿por qué no tu oficina de contabilidad?

Otro ejemplo de cómo algo con una función muy concreta también puede enriquecer nuestro entorno. Yo prefiero beber agua de una escultura maravillosa que de un tubo metálico.

Un último ejemplo de cómo pequeños detalles estéticos pueden mejorar un objeto cotidiano sin afectar a su funcionalidad. Que el agua drene por la boca de un animal es un detalle hasta humorístico que puede enriquecer nuestra vida.

Estos tres ejemplos suelen aparecer en los vídeos del creador de contenido The Cultural Tutor.

Ahora bien, cada vez que intento hablar de esto recibo siempre el mismo argumento: no interesa porque sería demasiado caro o porque llevaría demasiado tiempo construir algo bonito. Es más práctico construir algo desagradable.

Pero esa idea tampoco siempre se sostiene.

Les presento la Plaza de España de Sevilla. Su construcción comenzó en 1927 y terminó en 1929. Solo dos años. Fue construida para la Exposición Iberoamericana de 1929, un evento que duró poco debido a la crisis económica de los años treinta. Sin embargo, la plaza sigue ahí casi un siglo después y es un ejemplo de que podemos construir algo bonito en poco tiempo. Hay edificios de oficinas que también tardan años en finalizar la obra y son horrendos. Imaginen lo que podríamos construir con la tecnología de ahora en comparación con la que teníamos al comienzo del siglo pasado o en la época victoriana.

Hoy recibe miles de visitantes cada año, y el propio gobierno llegó a plantearse cobrar entrada para visitarla (algo que finalmente parece que no se llevará a cabo).

Yo nunca había estado en Sevilla y hace poco fui por primera vez. No puedo explicar con facilidad la sensación de grandeza que sentí al entrar en esa plaza. No podía dejar de pensar en cómo se había construido algo tan impresionante en tan poco tiempo.

Incluso llegué a imaginar que un lugar así podría ser perfectamente un edificio de oficinas que, además de cumplir su función, resultará agradable para quienes lo usan cada día.

Entonces empecé a hacerme algunas preguntas:

  • ¿Qué pasaría si exigiéramos que todos los edificios de oficinas fueran bonitos?
  • ¿Qué pasaría si los hospitales tuvieran una arquitectura exterior que representara la vida?
  • ¿Qué pasaría si sustituyéramos las luces fluorescentes por una iluminación más cálida, más cercana a la de un hogar?
  • ¿Cómo reaccionaría la gente?

Lo primero que ocurriría sería un periodo de obras. Durante algún tiempo habría reformas por todas partes. Algunos edificios solo necesitarían pintura; otros requerirían cambios más profundos.

Pero una vez terminadas esas reformas veríamos algo interesante: el valor de esos edificios aumentaría, y también el valor del entorno que los rodea. Las ciudades se volverían más atractivas para visitantes y turistas. Eso implicaría también mejoras en la infraestructura: más transporte, más negocios, más empleo.

Pero la pregunta más interesante no es económica. ¿Qué pasaría con las personas que viven y trabajan en esos lugares?

Los neurocientíficos saben bastante sobre lo que ocurre en nuestro cerebro cuando percibimos belleza. En un estudio, mientras los participantes observaban obras de arte o escuchaban música dentro de un escáner cerebral, se les pidió que calificaran lo que veían como “bonito”, “feo” o “indiferente”. Cuando percibían algo como bello, se activaba una región del cerebro llamada corteza orbitofrontal medial, asociada a las sensaciones de recompensa y placer. Otros estudios también han observado actividad en el estriado, otra región relacionada con los sistemas de recompensa (Perkins, 2023).

En otras palabras: la belleza también tiene efectos medibles en nuestro cerebro.

Por supuesto, para gustos están los colores. Algunas personas prefieren el minimalismo, otras disfrutan del brutalismo, del barroco o de la arquitectura victoriana. Pero cualquiera de estos estilos puede cumplir la función estética: enriquecer nuestra experiencia cotidiana.

Para lograrlo, sin embargo, debe existir una intención de crear algo bello.

Un bloque de hormigón sin decoración ni cuidado difícilmente será agradable de mirar. Pero si ese mismo bloque se pinta con sensibilidad, se le añaden detalles y se tiene en cuenta que miles de personas lo verán cada día, la historia cambia por completo.

Mejorar la estética de nuestros espacios es más importante de lo que parece. La vida ya es suficientemente difícil: guerras, inflación, crisis económicas, problemas de salud mental.

Quizá no podamos resolver todos esos problemas. Pero con un poco más de atención al entorno que construimos, al menos podríamos evitar que ir a trabajar se sienta como entrar en una cárcel.

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Sobre Manuel Ruiz

Manuel Ruiz es escritor argentino hijo adoptivo de Madrid, apasionado por la cultura en todas sus formas. Como buen argentino su pasión por la literatura y la cultura sólo son equiparables a su amor por el fútbol y el mate.

@ilnuma en Substack y @ilnumaa en Instagram

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